Discurso inaugural del primer Gobernador de Puerto Rico elegido por el pueblo Luis Muñoz Marín - 2 de enero de 1949

Acabo de jurar servicio fiel al pueblo de Puerto Rico en el cargo que hoy comienzo a desempeñar. Entiéndase como sinceridad, y no como falta de humildad, que diga que no era necesario. Con juramento o sin él, fuerzas de la conciencia han querido hacer de mi vida un juramento de servicio a mi pueblo. Con gobernación o sin ella, a esto viene obligado todo el que ve maneras de servir y se siente con fuerzas para hacerlo.

Por la naturaleza vital, no meramente de ley, de este juramento, no hay razón para que no lo compartan todos con conmigo. El valor, la esperanza y la paciencia de este pueblo lo espera de todo--de todos los que en alguna forma de administración pública, de legislación, en el Capitolio, en los departamentos, en los municipios, en los barrios, tienen alguna función, notable o humilde de servicio. También lo espera de todos los que en la actividad privada tienen funciones que afectan la vida de muchos--los que hacen industria, los que administran mercadeo los que desarrollan cooperativas, los ue dan fuerza de organización a los trabajadores, los que piensan, los que estudian, los que enseñan, los que curan, los que atienden a la turbación de las almas ante el misterio.

De todos éstos la gran masa humana de nuestra Isla, que sabe sufrir el destino adverso abnegada y dignamente, espera un juramento de dedicación. Y espera que no sea un juramento de condescendencia paternalista, sino de buen sentido democrático.

La gran masa se debe a sí misma el hacerse este juramento de que cada vida le sirva mejor a la nobleza del espíritu que la anima, de que cada mano le sirva mejor a la tierra que cultiva y la herramienta que usa, y así a su justicia y libertad y a las de todos, de que cada cabeza le sirva mejor a su propio entendimiento y así al más claro entendimiento de todos. Es de esta manera, y no con el juramento y la dedicación de un solo hombre o de algunos hombres, que el pueblo de Puerto Rico podrá realizar en la pequeñez de su territorio la grandeza de su destino. No es necesario hacer el juramento en alta voz de la boca. Más bien le pertenecen a la altísima voz de la conciencia de todos los que me oyen y de todos los que mañana oigan a los que me oyen hoy. Esta es la base de mi programa de gobierno, porque es la base de un programa de vida para el pueblo.

A esta actitud deben fundamentalmente recurrir las múltiples acciones del gobierno en sí, desde el cuido del más remoto camino vecinal hasta el establecimiento de los más vastos planes de educación, de promoción, de justicia. A esta actitud debe fundamentalmente recurrir también, según lo determinen libremente las conciencias concernidas, todo lo que, por discrepancia honrada de pensamiento, ha de constituir la oposición a las formas y maneras en que el gobierno dirija la gran marcha de este pueblo por su camino de la jalda arriba.

La situación de este pueblo creciendo en su pequeña Isla es seria. Pero este pueblo es más serio que la situación en que se encuentra. El dolor de este pueblo es grande, su valor es mayor. Sus cualidades de espíritu son magníficas, y apenas si empieza a saber usar sus magníficas cualidades de espíritu.

Nuestro pueblo tiene la calidad, sólo hay que seguírsela aclarando para que él mismo la convierta, definitivamente, en la actitud creadora, ya en crecimiento, con la cual ha de mejorar los planes, diagramas y propósitos de su lucha en el gran desafío que tiene, y que va ganando, con su destino.

Nuestro pueblo, naturalmente, tiene virtudes y defectos. Negar defectos es incurrir en un defecto más.Pero es un hecho que el pueblo de Puerto Rico tiene virtudes excelentes. De entre éstas, yo diría que las que más valen son: inteligencia natural que le gran facilidad para aprender lo mismo la técnica que la democracia, paciencia, generosidad, y una actitud humanista que lo mantiene a saludable distancia del obsoleto nacionalismo contemporáneo y lo hace sentirse más bien como miembro de la cristianidad que como habitante de demarcación política. Por eso es que, profundamente, pareciendo en cierta forma ser colonia, no lo es, y pidiendo ser nación en el estrecho sentido, no tiene ni gran objeción a serlo ni gran preocupación por serlo.

Creo que el nuestro es un pueblo que no necesita definiciones jurídicas para sentirse bien en su espíritu. Y esto, en el mundo de la energía atómica, es una virtud preeminente y pionera. Para salir del colonialismo obsoleto no se encuentra obligado a recurrir al nacionalismo obsolescente. Se encuentra más compelido a buscar en su entendimiento, y a esperar de sus líderes, nuevos caminos creadores más en su armonía con el hacho inmenso de la energía atómica y con el inconmensurable de la actitud cristiana.

He mencionado las dos grandes fuerzas--las únicas que son grandes en verdad--del tiempo que vivimos. La única fuerza que se equipará a la atómica es la cristiana, y no solamente en el sentido de las iglesias, sino en el de raíz que tiene en la conciencia la igualdad de los hombres ante el misterio. El pueblo de Puerto Rico, sin haberlo pensado, ni debatido, ni analizado, se siente por actitud espontánea como un miembro de la hermandad de los hombres. Sospecho que no es el de Puerto Rico solamente sino que son muchos los pueblos que tienen esa cualidad y que tan sólo circunstancias históricas han impedido que se exprese en ellos claramente.

Creo que este es el momento apropiado para señalar, para ahora y para después, los factores que contribuyen a mi pensamiento sobre status político. Dos verdades me parece ver con claridad. Una es que el colonialismo es obsoleto y está desapareciendo con relativa rapidez de la faz de la tierra. Otra es que la estrecha visión nacional es obsolescente, y está desapareciendo, con peligrosa lentitud, de la faz de la tierra. Las condiciones de vida moderna hacen indeseable el colonialismo, en muchos casos hasta para los mismos que hasta ayer eran sus beneficiarios. También hacen cada día más díficil la convivencia civilizada, en términos de soberanía nacional, de las criaturas de Dios que habitan las naciones. Parece cada día más evidente que no hay manera en que puedan bregar con la bomba atómica, ni tampoco con la energía atómica creadora en su día, las múltiples manos débiles, orgullosas, celosas, suspicaces, fútilmente autoritarias, de las múltiples soberanías.

Ni el socialismo, ni el capitalismo, ni el comunismo, ni el nacionalismo son fuerzas comparables con la tremenda e ineluctable de la energía atómica. Solo el cristianismo , en su sentido práctico de igualdad humana, es fuerza de espíritu que puede contener con la fuerza atómica material. Sólo llevando al sentido de la hermandad a las maneras e instituciones prácticas de su vida puede vencer el hombre la encerrona trágica que se ha dado a sí mismo al permitir que su ciencia crezca más rápidamente que su sabiduría para utilizarla. No me refiero, claro está, a la hermandad como mero sentimentalismo. El cambio que corresponde es el de la actitud hondamente entendida, vigorosamente aclarada por la inteligencia y severamente juzgada y mantenida por la conciencia.

En este cuadro,¿qué son las colonias? Constituyen una forma de relación política que está desapareciendo, que está llamada a desaparecer por completo. Los que viven en ellas las objetan. Los que las dominan--con alguna notable excepción en Asia--han dejado de necesitarlas--aunque a veces por falso prestigio no quieren darse por enterados. Si el estrecho concepto nacional ha de desaparecer, para que lo que desaparezca no sea la civilización, y si el concepto colonial está desapareciendo, entonces tenemos que el colonialismo arcaico está en riesgo de convertirse en el arcaico nacionalismo. Sin una recia revolución de pensamiento esa es la futilidad del cuadro--la lucha del quitrín por convertirse en coche en un mundo de aeroplanos, el despilfarro de alma en la brega por convertir lo obsoleto en lo obsolescente, por salir de algo que no tiene razón de ser para entrar en algo que pronto no lo va a tener.

Me parece claro que una comunidad angustiada lo que reclama de sus líderes--de sus líderes intelectuales, religiosos, científicos, culturales, políticos--es duro pensamiento creador hondo entender de humanidad.

Específicamente, ¿cómo se relaciona esto con el problema de status político de Puerto Rico? No debemos caer en el conocidísimo vicio intelectual de enarbolar grandes ideas para escaparnos de prácticas obligaciones. Puerto Rico dificilmente podría contribuir en manera apreciable a resolver el gran problema mundial, y nuestra 0bligación aquí es tratar de resolver el de Puerto Rico. Que haya una pequeña nacionalidad más no va a agravar la tragedia del concepto nacional frente a la fuerza atómica. Que haya una menos no la va amitigar. Entonces,¿cómo se relaciona lo que antes dije con lo que a nosotros nos toca hacer en Puerto Rico en fraternal cooperación con todo el pueblo de Estados Unidos?

Se relaciona de esta manera: El sistema colonial no sólo va a desaparecer en Puerto Rico sino que ya está desapareciendo con rapidez vertiginosa, con mucha más rapidez que en otras partes. ¿En qué colonia, en qué parte o en qué tiempo, se ha dado jamás un acto como esté? Qué colonia jamás ha elegido con los votos libres de su pueblo su propio gobierno legislativo y ejecutivo? Ningún tributo mayor se le puede hacer al pueblo de Estados Unidos, y en particular a su Primer Magistrado y a su Congreso, que reconocer la naturaleza sin precedente de esta acción suya. Quedan rastros de sistema colonial en Puerto Rico, pero es evidente que el colonialismo se está aboliendo velozmente en esta comunidad. Falta algo del camino por recorrer Precisamente debe ser nuestra preocupación ver bien hacia dónde, hacia qué objetivo habremos de recorrerlo. ¿Hacia el objetivo de la limitada idea nacional?

Estados Unidos mañana mismo puede, sin pérdida, declarar a Puerto Rico nación aparte, y la novedad política más notable sería en mi título y el de mis sucesores. Pero podría haber cambios económicos sumamente graves con efecto de restringir la libertad integral, en su trabajo, en su comercio, en el mejoramiento de sus hogares, en la seguridad de su vejez, en el dinamismo creador de millones de seres humanos que difícilmente se beneficiarían del cambio en mi título.

Se puede decir que un pueblo no debe poner las altas cosas del espíritu en la balanza con las cosas materiales. Yo no solamente admito esto, sino que enérgicamente lo afirmo. No debe. Pero no es mera conveniencia material el estar libre de la miseria, el tener caminos de esperanza que liberten de la desesperación; y, sobre todo, no es el estrecho concepto nacional un alto valor del espíritu humano en los tiempos de dolor y creación que vivimos. Un pueblo debe estar dispuesto a grandes sacrificios materiales por crear un entendimiento de honda y limpia confraternidad humana, que es un alto ideal del espíritu; y por disolver la dureza que permite contemplar despreocupadamente la miseria de otros, porque disolverla es un alto ideal y por dar raíz a actitudes que llevan al hombre a ser más creador que adquisitivo, que es un alto ideal del espíritu; y por destruir econos de raza, lengua y cultura, porque destruirlos es un alto ideal del espíritu. Pero no puede hacer un pueblo tales sacrificios por un concepto de validez cada día más imposible, plagado de gérmenes de odio y de violencia, de vendas en los ojos y tapones en los oídos; porque esa dolencia no solamente no es un alto ideal del espíritu, sino que es un altísimo ideal del espíritu el contribuir a curarla.

Yo sé que este pueblo nuestro, en sus masas humildes, y en sus líderes de todas las disciplinas del pensamiento, si persiste en crear soluciones, creará soluciones. A lo que no puede resignarse es a deponer su capacidad creadora y a sentirse por siempre esclavizado en su entendimiento por un banal dilema que quiere obligarle a creer que sólo hay dos puertas para salir hacia su futuro y que por una de las dos puertas tiene que salir, aunque ambas estén minadas de destrucción. A esto podría decir una acostumbrada superficialidad de pensamiento que mejor es salir por una de las dos puertas, aunque estén minadas, que no salir. La contestación de esto es que nadie habla de no salir. ¿Acaso el hombre no sabe hacer puertas en donde no las hay? ¿No es su deber para consigo mismo el ver maneras de hacerlas cuando las que hay puedan estar minadas para su destrucción?¿No es la esencia de la libertad el poder escoger entre alternativas? ¿Y si la inteligencia multiplica las alternativas, decidirse por algunas de las viejas con igual libertad que por algunas de las nuevas?

Lo que llevo dicho, aunque por una parte amplía las consideraciones del tema al hacerlas en el marco de un mundo en crisis, por otra parte las ha limitado a la mera naturaleza política del concepto de status. Un status político, desde luego, no existe en un vacío económico. El pensamiento sobre status político no puede desarrollarse en un vacío de pensamientos económico o cultural. Las maneras de vida y trabajo, los hábitos de desenvolverse en comunidad, la visión religiosa, las tierras y las cosechas, y las fábricas, y las herramientas, y las técnicas, y la crianza de los hijos, y la educación del entendimiento, y la ciencia, y el arte, y el recreo, y las maneras de la salud, y del sustento, y la ropa que abriga , y el techo que cobija, y la justicia que engrandece, y la luz que fortalece, y la generocidad que ennoblece, y la serenidad que aclara--todas estas cosas juntas , y su status político, y más, son la vida de un pueblo. La manera de expresarse todas estas cosas juntas en armonía son el ideal de vida de un pueblo Y la espontaneidad y dinamismo con el que se expresen constituyen su libertad integral. Fundándome con ese convencimiento es que he dicho antes de hoy que hemos de ejercitar la más cuidadosa responsabilidad en no arriesgar innecesariamente muchos componentes de la libertad por el descuido de fijarnos en uno sólo.

Desde luego, algunas maneras de la libertad integral están íntimamente relacionadas con la posibilidad o imposibilidad de que existan otras. Si una comunidad no desarrolla una economía que se funde, o que tenga esperanzas en fundarse, en un victorioso esfuerzo productivo, verá impedidas, o decaídas, o destruidas, otras formas de su vida o libertad. De ahí nuestra gran dedicación, cuyo empeño debemos redoblar en este día, a la tarea de un aumento constante de la producción en Puerto Rico--más rápido en el crecimiento de habitantes; y más rápido aún para absorber el desempleo; y más rápido aún para seguir levantando los niveles de vida y seguridad; y más rápido aún para que no haga crónica la que hoy es imperativa necesidad de ayudas externas. Y quiero decir aquí, en la forma mas enfática posible, que entre los estímulos que damos a nuevas inversiones para el desarrollo industrial, el trabajo de explotación--lo que en inglés llaman ( sweat - shop labor )--no es uno de ellos. El programa de producción es para el pueblo. Una de las necesidades básicas de todo el pueblo es un nivel de vida decente para los trabajadores que componen su mayor parte.

La extensión de contribuciones por doce años a las industrias nuevas es contrabalance a factores inicialmente adversos, tales como a las distancias a que se encuentran muchas materias primas y las naturales desventajas de todo periodo de aprendizaje es una economía agrícola que necesita convertirse, para sobrevivir, en una economía industrial.

No quiero terminar sin rendir tributo--y que todos rindamos tributo en este día--a un hombre grande en espíritu, fuerte en la humildad, que en su gestión mesurada de gobierno ha ayudado a que el que hoy se inicia comience bajo los mejores auspicios: Jesús Piñero.

Tampoco podría terminar sin la expresión de mi más profundo y sobrio respeto a las gentes sencillas de Puerto Rico que han sabido, en medio de la dureza y el dolor de sus vidas, establecer con sus votos un gobierno que no les ha ofrecido dulces ni maravillas, sino conducirlos honradamente por el difícil camino de la jalda arriba.

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